Anotaciones de W. Sinclair sobre cierto libro que llegó a sus manos

El hombre es la peor de las bestias cuando no vive como hombre.

—Un viajante.

 

De un diario de juventud.
5 de octubre de 19xx.

Afirma el monje metido a literato que la música ni eleva ni hunde el alma; que únicamente la excita y la confunde con el ánimo del músico. Y tiene razón en lo segundo; pero esa razón en lo segundo se la quita a lo primero. Pues, suponiendo que la música es solo transmisión del poso espiritual de un hombre, ¿es que acaso no hay hombres, o, mejor dicho, espíritus, más elevados que otros? La música, querido camarada de altas miras, es el puente de un hombre hacia otro, de un alma hacia otra; concedido; pero ese puente puede arrastrarnos al abismo o llamarnos desde las alturas: todo depende desde dónde, y hacia dónde, tendamos el hilo dorado de la comunión espiritual.

No es casualidad que el libro describa los vertiginosos padecimientos y voraces penumbras de un hombre atormentado, promiscuo y mediocre. La música de Beethoven, esa amalgama de tormentas blasfemas y salvajes lamentos, está presente en toda la obra: late y se derrama en turbios pasajes y desencadena el precipicio de una biografía echada a perder. ¡Ah, el ser humano, bestia perdida!

Tiempo ha que comprendí la verdad: el espíritu de Beethoven y la música de Beethoven (ambos son la misma cosa) conducen a la bajeza más torpe y vil; es una comunión espiritual siempre descendiente. ¡Ay, desdichados aquellos que se pierden en el laberinto de la inquina humana, sublimada por el músico de Bonn!

Por fortuna, la obra es escrita, narrada y proyectada no desde los pérfidos barrizales de Beethoven, sino desde la lucidez redentora de Bach. Hay armonía, comprensión y arrepentimiento por parte de la voz protagonista. Estas páginas, leídas con provecho, hacen de purga y de limpieza para el alma: no nos muestran la inquina, sino la posibilidad —y la conveniencia— de evitarla. ¡Dios nos guarde del placer y sus secuelas, y bríndenos la redención!…

El ser humano debe elevar su alma tendiendo puentes hacia otras más perfectas; ya en la música, ya en la literatura. Al final, de la bestia no nos salva el arte, sino el artista sabio, más cercano a Dios que a los hombres: es el humano que ha trascendido. Y uno de estos luceros de  razón y  porvenir es el monje metido a literato, perenne rastro hacia las cimas.

Arte de cabecera: René-Xavier Prinet, Sonata a Kreutzer (1901).

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