La Cátedra de la Virtud Humana

«Como bien descubrieron los científicos de la conducta, es el principio de homeostasis una constante del organismo humano: la excitación debe compensarse con el relajamiento y, de la misma forma, la virtud debe recompensarse con el vicio. [...] no se mide el tamaño de un hombre por la grandeza de sus virtudes, sino por la vileza de sus perversiones».

La Narcoliteratura

«Como buen lector que eres, sabrás perfectamente que hay libros que dejan una impronta ya no en el alma (que también), sino en el "cerebro". Ocurre, sobre todo, con las novelas cortas, esas que se leen en tres o cuatro horas y que, cuando cumplen su función, rara vez dejan el organismo en el mismo estado en el que empezó la lectura» [...]

Olvidad a los autores

«¡Al cuerno con Cervantes y con Dostoievski! ¡Ni los conozco, ni sé quiénes son, ni me interesan sus vidas! No hay nada más insulso, anodino y baladí que las vidas de esos “grandes autores” que todos os empeñáis en conocer con tanto detalle. ¡No son más que fantoches que se pasaron media vida atados a una silla y a un escritorio!»

La Historia es el Terror

Siento decirlo, pero los libros que se hacen llamar «de terror» —esos espeluznantes tomos sobre posesiones malignas, apariciones demenciales, tentaciones de lo infranatural…— no son más que meras supercherías para aficionados. Solo hay una verdadera Literatura de Terror, solo una verdadera Ciencia del Miedo que nos ha acompañado siempre, sin ausencias ni modulaciones: la Historia. [...]

El ojo; la torre

Escribo la palabra «ojo» en un papel. La escribo y miro mi biblioteca: los demás libros, las mil y mil páginas que han bautizado mi historia. «Ojo». Soy un violador, un aprovechado más de esa palabra sin cotos. «Ojo». ¿Cuántas voces la habrán manoseado, cuántas la habrán impregnado con sus huellas de grasa y hez? ¿Cuántos «ojos» habrán invocado y descrito los hacedores de la literatura, y con qué derecho me entrometo yo en su historia?...

Reseña: ‘Respirar’, de Silvia M. Díaz

Respirar, con cuya autora me une un vínculo de amistad literaria desde la publicación de su primer libro, es un poemario que parte de una asunción orgánica de la escritura: sus límites se enmarcan en la temporalidad de una noche —la del 18 de noviembre, como versa el subtítulo de la obra— y la fugacidad de un estado de conciencia que no puede extenderse más allá de lo permitido por el giro de los astros.